jueves, 28 de abril de 2011

Morriña

Al salir del médico de familia con una receta de analgésicos en la mano, se sentía aún más triste. Su dificultad al respirar, no era causada por un resfrío, -pensó el-. Era primavera, hacía días que no llovía y no se movía una hoja a su alrededor. Cerró los ojos intentando conectarse consigo mismo, hablar con su cuerpo. Cuando los volvió a abrir ya estaba de camino hacia el litoral, esa ruta que había pasado de hábito a excepción, y que hoy era una cita improvisada.

Nada más bajar del coche, una bofetada de aire salino le saludó con sabor a reproches, envolviéndole por completo, manifestando sus celos. Se dejó llevar hasta bajar a primera línea de mar donde se miraron de frente, sin excusas. La conversación subió de tono al hacerse gruesa la marejada, mojándole un rostro sereno con claros síntomas de recuperación vital.

Las gaviotas, una brisa racheada y velas susurrándole historias de ayer y mañana, fueron la música que necesitó para entrar a jugar en sus aguas, como en otras miles de citas anteriores, antes de que él se fuera amando a otra y se olvidara de quién estará siempre esperando su vuelta.



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