miércoles, 27 de abril de 2011

Justicia literaria

¡Cómo no! estaba escribiendo cuando sonó el teléfono, -ese ruido molesto que rompe cualquier concentración-.
La eterna niña, con cuerpo senil, alargó con una pausa prolongada, su brazo. Su sonrisa perpetua, se llenó de luz, sus ojos lagrimaron de felicidad. Acababan de corroborarle, aunque no lo necesitara, que seguía allí, gustando. Todavía valoraban su amor por la vida. Sus palabras cobraban un nuevo impulso. Veinte años sin escribir. Su sueño permanecía intacto, aletargado. Emergió nuevamente la niña con un flamante traje.


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