martes, 29 de noviembre de 2011

Grafología

No podía ser. Se había movido una letra. Imposible... dentro de una palabra. El movimiento del grafismo revelaba vida propia. Buscó algún tipo de contacto. Alguna forma de comunicación. Quieto, inmóvil, se estremeció ante ese despliegue de sinceridad. Estas, ante tal exhaustiva observación, respondieron con movimientos precisos, dibujando el estado anímico de cuando supo llevar la expresividad hasta sus últimas consecuencias. Con una pequeña luz como testigo, el escribiente, con esa mueca imposible reservada a la intimidad, apartó el teclado, deseoso de retomar la mágica danza de sus manos, libres en su flujo, fieles hasta el final de su trazo. Años y años forjando una identidad. La forma más fiel de su esencia, engullida por la modernidad, deseosa de encontrar atajos para engañar a las ganas.
Recorriendo el trazo, la presión, la forma... como si de un latido de la mente se tratara. Escapó en el baile que le llevaba al último sueño de existir; haciéndose carne, como una prolongación de sí mismo, intentado encontrar otra senda, esa, que promete llevarlo donde él, dejó de ser como alguna vez fue.



3 comentarios:

  1. Muy bueno. Tanto nos acostumbramos a los teclados, que, al ponerte con un manuscrito, casi se sienten emociones o sensaciones tan diversas como desnudez, intimidad, nostalgia...
    Un abrazo

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  2. Para mi, la grafología es todo un arte, tanto en su exposición como en su interpretación. Por ello cada vez que retomo el escribir encima de un papel, de puño y letra (llegará el día que sea una extravagancia), me vienen sensaciones que tú has descrito muy bien. Es como mostrarnos tal y como somos, es despojarnos que aquello que nos cubre...
    Así lo he sentido y he intentado mostrar a través de este texto.
    Gracias por la visita, Luis.

    Un abrazo.

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  3. El escribir en puño y letra no se terminará nunca, por muchos teclados que haya. O , al menos, esparamos que así sea. En el parvulario aún se enseña. Arena
    J. Motis. P.

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