martes, 9 de julio de 2013

Jugar, como la vida misma.

Me gusta jugar. Es un arte mantener la tensión de una partida. Tener definida la estrategia y no divagar entre tanta pieza como te rodea. En esta ocasión, pensé que tenía posibilidades con mi adversario. Me crezco con los problemas de artística resolución. No llegó a plantearlos...

Intento adentrarme en su mente, buscando las posibilidades de batirme, y así proclamar dos luchas: una, sobre el tablero, con la destreza que dictan las probabilidades, y otra más importante: introducirme en su psique y saber que está pensando realmente, cómo reaccionará...


"Hay que tener cuidado con lo que se desea" Esto se aprende de pequeñito, mientras lees bellos cuentos de hadas y otras criaturas fantásticas. Si llegas a anticipar las jugadas del adversario, provocarás una pequeña satisfacción a tu ego, pero te llegará el hastío sin remedio.


Alimentar una insaciable curiosidad no es fácil, cuando desear, se convierte en una forma de vida impregnada por millones de luces, que parpadean en los receptores que todos poseemos, sin posibilidad de vuelta. Una vez que has pulsado: jugar. La consigna es no tener miedo a perder.


Porque en la lucha, está el riesgo y en pos de esa aventura emana de ti la fuerza motriz capaz de impulsarte. La adrenalina se dispara cuando abandonas la seguridad de lo conocido y confortable. A veces, te equivocas. A veces rozas el cielo. Blanco y/o negro.



La soledad del jugador pertenece a un mundo por descubrir. Cada baza ganada, una frontera traspasada. Un paso fallido y todo cae bajo sus pies. Desmoronado, inerte. A tientas, debe recomponer un puzzle; desde abajo, mirar hacia arriba, intentado emerger con un plus vital.  (*)






(*) Texto compartido con "Damadeltablero" (cursiva)  Publicado en eskup el 05/12/2010


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