viernes, 15 de febrero de 2013

Limpieza dental

Una vez que había subido al sillón dental, no había marcha atrás. Todas las etapas que se acaban, encierran pequeños rituales, que ayudan a terminar con vivencias enquistadas en los más recónditos escondites que presenta nuestro relieve interior.
Una limpieza bucal (tartrectomía) me pareció la forma más certera de atacar ciertos sedimentos que me impedían una conexión sólida con el futuro más cercano. 

Me puse lo más cómodo posible y, conforme vi acercarse el lápiz ultrasónico, abrí la boca ampliamente al tiempo que cerraba los ojos: lentamente me fui deslizando por el levante almeriense, con la misma soledad que percibe el faro que ilumina el Cabo de Gata. El desierto encierra paisajes únicos. Tesoros que visité por última vez entre explotaciones hortícolas infinitas.

El raspado y vibraciones subsónicas, interrumpieron la escucha de voces que se pierden en el limbo de los tiempos. Sonrisas regaladas en noches oscuras, cuando la cálida luz de la amistad, seduce espacios, que ahora huyen despavoridos a refugiarse en los recovecos más íntimos del subconsciente.

Adentrándome en la Sierra Bética, no olvidaré jamás, mi gran descubrimiento. No es otro que la ciudad de Granada. En la noche y en el día. En su frío invierno y su insoportable verano, te abraza ininterrumpidamente hasta engullirte y formar parte de su identidad: multicultural, magnética, íntima. El Zaidín, Beiro, La Chana, El Albaicín, El Genil, Albolote, Maracena... los fui dejando conforme bajaba entre muros de historia y piedra hacia la Costa Tropical que me esperaba con ese particular tufillo a pescado fresco y frutas animadas.

Ya con los ojos abiertos y consciente, me pareció ver en la intensa mirada de Cristina (dentista) a tantas y tantas risas malagueñas que siempre abrigaré, cuando el corazón y el alma no sepan darle cuerda a este ánimo. Y es que... cuando has oído reír a la mañana, no quieres oír otra cosa al levantarte.

El pulido me avisó del final sin remisión. Ya era hora de empezar un nuevo camino, sin susurros a medianoche, liberado de las mil y una melancolías.
El reseteo de una época había terminado, dando paso a lo que estuviera dispuesto a luchar por vivir.